El conflicto forma parte de nuestra vida cotidiana. No es algo que debamos evitar, sino una experiencia que nos ayuda a definir quiénes somos, cómo nos relacionamos y qué límites o deseos nos mueven. A través del respeto hacia las necesidades y opiniones del otro, y de la afirmación de las propias, vamos construyendo vínculos y aprendiendo a convivir con la diferencia.

Sin embargo, no todos los conflictos avanzan hacia una resolución de manera natural. En ocasiones, las partes quedan atrapadas en dinámicas repetitivas que les impiden moverse del lugar donde están. Aunque el malestar sea evidente, ese conflicto puede llegar a ofrecer una falsa sensación de seguridad: es predecible, se sabe cómo funciona y cómo reaccionar, incluso si no conduce a ningún cambio real.

En estos casos, la mediación ofrece un espacio distinto. El mediador observa esas dinámicas y acompaña a las partes para que puedan reconocer sus miedos, resistencias y necesidades de transformación. A través de una escucha activa y de un entorno seguro, facilita que las personas se sientan cómodas explorando nuevas formas de comunicarse y de comprender al otro.

Este proceso es gradual y requiere tiempo. No busca imponer soluciones, sino favorecer que las partes descubran su propia manera de relacionarse desde el respeto y la responsabilidad compartida. De ese modo, la mediación se convierte en un camino de cambio y aprendizaje, donde el conflicto deja de ser una amenaza para transformarse en una oportunidad de crecimiento y entendimiento mutuo.

Fuente: Javier Wilhem “Mediación y cambio”

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